El viaje fuera de la guía
febrero 6, 2009
Pasear sólo por una ciudad que no es la tuya es agradable y quizás, más sencillo. En una ciudad donde no tienes nada que hacer más que conocerla, deambular sin rumbo puede ser un pequeño placer del que parece que no todos se han dado cuenta y no lo han aprovechado de verdad.
Correr para verlo todo y guardarlo en una máquina de fotos parece más importante que “perder” el tiempo mirando a la gente y observando los edificios que no salen en los planos y en las guías de viajes. Y esas prisas, ¿para qué? ¿Para que al llegar a casa podamos enseñarles a nuestros familiares y amigos la ristra de fotos? Eso me recuerda a las colecciones de cromos (Lo tengo, no lo tengo) que hacíamos de pequeños, donde lo importante, a toda costa, era tener todos los casilleros del álbum llenos y sin repetir y una vez rellenos, pasaban a mejor vida y perdían interés.
Como digo, pasear y salirse del plan que proponen las guías es saludable y es un lujo que deberíamos permitirnos en nuestros viajes. Perder una tarde en una agenda medida de visitas puede dar más satisfacciones que todo el viaje. Es la mejor manera de sorprendernos y conocer por nosotros mismos (no por lo que dicen las guías, los amigos que estuvieron o lo que nos contaron en Internet) esa nueva ciudad. A veces, hasta en estas salidas del mapa, nos descubrimos a nosotros mismos (en otras situaciones, en otras experiencias o simplemente, porque algo nos da qué pensar) o simplemente, descubrimos un nuevo lujo al alcance de nuestra mano, alguna sorpresa especial.
Por ejemplo, un sábado por la tarde, en Granada, con el mapa en el bolsillo y paseando sin rumbo, nos encontramos con que si algo había en las terrazas, bares y callejuelas eran despedidas de soltero/a y mientras ellas, discretas, charlaban sentadas en las teterías, ellos destilaban alcohol disfrazados de todo tipo de seres extraños y sin ningún pudor (y pudimos observar qué diferentes somos). Encontramos un bar de copas que se había convertido en Showroom y ese fin de semana enseñaba las colecciones de jóvenes artesanos y diseñadores locales (incluido un diseñador holandés que recuperaba viejos modelos con modernas serigrafías y modernos diseños que ya pasaron de moda en los ochenta, y pensamos, ¿qué es la moda, qué es moda y por qué y hasta dónde?). Nos encontramos con que la heladería más famosa de la ciudad (llena de parroquianos y ciudadanos, más que de turistas), en la Gran Vía, vende unos helados de tutti frutti muy demandados, que llaman matrimonios y que curiosamente, los helados no los ves, escondidos en unas neveras metálicas, pero sabes que al pedirte uno no te vas a equivocar y que quizás, el sabor importe poco, todos estarán buenos y serán auténticos. Es el sitio donde los helados entran por algún sentido que no es la vista.
Son los detalles sin importancia de los viajes, hechos al margen de lo que se suponía era imprescindible ir a ver, lo que en algunas ocasiones nos deja mejor sabor. Puede que sea lo que más recordemos, o no, pero sin duda ocupará un lugar especial y nos sentiremos orgullosos por habernos salidos del mapa. Es nuestra pequeña conquista a la improvisación, que no está nada mal, ¿no?
Así que desde aquí defendemos el lujo de “perder” el tiempo y no seguir la guía en los viajes, aunque sea por un ratito. De dedicar unas horas a pasear y no a “consumir” monumentos, edificios o museos. Somos partidarios del lujo de descubrir y descubrirnos en los viajes y no de limitarnos a seguir como autómatas las migas que otros nos han dejado.
Vueling, ¿dónde está el LowCost y el buen rollo?
febrero 5, 2009
Hace poco compré un par de billete en Vueling. Me gusta(ba) esa compañía y siempre que he tenido que viajar he mirado primero sus vuelos. Es más, reconozco haber cambiado mi destino en alguna ocasión para poder viajar con ellos. Me transmitían confianza, buen rollo y simpatizaba con su interés por el viajero. Y me parecía un acto rebelde su filosofía Low Cost.
Pues bien, como digo, en esta ocasión, he podido ver la otra cara, que desgraciadamente será la más real de la compañía. En la compra vía Internet, me sorprendió ver cómo subía el precio del billete y finalmente casi costaba lo mismo que viajar con Iberia. Lo último de la compra fue que había que pagar casi 5 euros por pagar con tarjeta, pero ¿cómo se puede pagar si no, si es la única forma de pago? En fin, accedí y seguí mi compra. Esto no me iba a detener. “Es Vueling, buen rollo” (me dije).
Antes de terminar la compra, pude leer en la letra pequeña que el billete se podría cambiar de fecha hasta dos horas antes del vuelo. Por 35 eu podría realizar el cambio. Así lo entendí. La mala suerte es días después tuve que cambiar los billetes pues era para mí imposible viajar en estos días, y entonces descubrir que no eran 35 eu por el cambio del total de billetes que había comprado. La ambigüedad y mi buena imagen de Vueling me habían confundido y cada uno de los billetes tenía el cargo de 35 eu por cada trayecto, aunque realmente estuviera haciendo un único cambio sobre los biletes. Total, que cambiar los dos billetes tenía al final un coste de 140 euros. A esto se le suma el precio del nuevo billete (que si vale menos, no te tienen en cuenta la diferencia para restarlo pero si vale más, te lo cobran y ¡curioso! Por ningún sitio ves el precio del billete original, ni en tu reserva, pues te envían el total) y vuelves a tener que abonar nuevas tasas. O sea, que al final, los dos billetes nuevos eran más caros que los que compré. Por tanto, de nada servía perder los dos billetes. Era hasta más barato dejarlos perder y comprar otros nuevos.
Con este desconcierto, llamé al Call Center de cambios donde me dijeron con un tono brusco y desagradable, que allí no me podrían explicar cómo se hacían los cambios (¿Pero no es el teléfono donde los hacen?) y que si quería tramitarlos con ellos y no por la web, me cobrarían 10 euros más (sorprendida aún más, le dije, con poca voz y discreción que me estaba sorprendido negativamente Vueling y el chico, ni corto ni perezoso, me colgó). Ante esta impotencia y este “buenrollismo” llamé de inmediato a otro teléfono de atención al cliente para tramitar la queja, y la chica que estaba al otro lado tenía tan buen talante y tanta altanería como su compañero. Borde, seca, fue bastante desagradable en la conversación. Me remitió a la web y me dijo que las quejas, allí.
Así lo hice: Tramité una queja y recibí una amable respuesta automática diciendo que enseguida se pondrían en contacto conmigo. Dos días después no lo han hecho.
Todo esto me ha dejado tan mal cuerpo, tanta sensación de impotencia, que la próxima vez, intentaré a toda costa no viajar con ellos. Aunque sean los más baratos, me lo pensaré.
Creo que es un derroche perder a clientes fieles.
¿De verdad sirve de algo ser antipático? No creo que a ninguno de los dos trabajadores del Call Center esta conversación les dejara buen cuerpo. Supongo que su nivel de estrés será elevado pero este tipo de actitud no creo que le ayude a relajarse. Sumará aún más estrés.
Estando todas las compañías locas por fidelizar a sus clientes y teniendo ellos mismos un programa de puntos, ¿no sería más barato y rentable resolver estas situaciones de otra manera? Si realmente se valora tanto al cliente, ¿por qué no se preocupan que se les escapen por estos otros agujeros?
¿Por qué se preocupan tanto por mostrar su buena cara en la publi si luego no se corresponde con la realidad? Para que la publicidad sea creible y si quieren que confiemos en sus mensajes, ellos que son tan “especiales”, ¿no sería mejor empezar por el boca a boca, el buen servicio y un mínimo de educación y amabilidad?
También creo que es un derroche no contestar un email. Si no puedes hacerlo, no abras la puerta, no digas que contestas. No hay nada peor que prometer algo a tu cliente que luego no puedes cumplir y es muy común no darle importancia a enviar un correo pero al que lo espera, no le ocurre lo mismo: Justo le dará importancia si no lo recibe.
Ser especial es difícil y hay que pensárselo bien, no es sólo una campaña de publicidad o unos azafatos muy divertidos. Es una actitud y exige un compromiso. Ser atento, amable…Puede que en determinadas ocasiones sea complicado mantener el tipo pero para eso, sólo hay que invertir en el personal que atiende al público y darle el valor que tiene, que en los tiempos que corren, debería ser una necesidad de primer orden. Más que una buena campaña promocional o de puntos por fieles.
Declaración de intenciones
febrero 2, 2009
Son tiempos difíciles para el lujo. En realidad, son tiempos difíciles para muchas cosas, por eso es hora de reinventar, de cambiar y volver a empezar de otra manera, a ver si nos sale mejor.
Es el momento de tachar y empezar a llamar a las cosas por otros nombres, los suyos propios.
También estos son tiempos creativos, de soluciones, de ideas, de reflexiones.
Por eso, este blog quiere pararse y pensar. Reinventar las cosas y por supuesto, buscar siempre la opción más adecuada para disfrutar con todo lujo y de todos los lujos. Porque con tantas prisas, con tan poco tiempo, con tanta copia y tanta estandarización, con tan malas caras y tan pocas risas, lo que es realmente un lujo no cuesta dinero. Lleva su tiempo. Es diferente. Es divertido. Es sensible.
Encontraré motivos para estar contento y te los contaré. Encontraré ideas para hacer más cercanos los lujos o razones para estar de fiesta. Y para muestra, el primer botón: Hoy es mi cumpleaños, ¿qué mejor día para empezar este blog?